lunes, 11 de diciembre de 2017

Las tres caras de la luna

Un libro que no sé de dónde salió, pero que estoy segura de haber visto recomendado, porque no conocía a la autora ni había leído nada de ella.



Título: Las tres caras de la luna
Autora: Sally Gardner
Editorial: Nube de tinta

Al comienzo de la historia, solo entiendes que el protagonista, Standish, es un niño con problemas, tantos que ni siquiera lee ni escribe correctamente. No es que sea poco inteligente, todo lo contrario, sino que tiene una inteligencia muy especial, que hace que ninguno a su alrededor pueda apreciarla. Pero la escuela en la que estudia y el mundo en el que vive te sorprende por diferente al nuestro. Resulta que se trata de una sociedad (no se sabe si del futuro o de cómo ni cuándo) en la que las libertades están muy restringidas y cualquier disidente al sistema establecido desaparece en poco tiempo sin dejar rastro.

Mediante capítulos muy breves, Standish, un poco sin orden ni concierto, nos va contando su historia, que es también la de los que le rodean. Una historia que va llenando de comprensión ( una terrible comprensión ) al lector a medida que avanza la lectura y que hará que su protagonista se convierta en un personaje inolvidable.

No es para todos los públicos y creo que a más de uno puede horrorizarle más que gustarle, pero a mí me ha encantado. Una lectura interesante y diferente.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Esta semana 46

Esta semana ha estado marcada por el puente, un puente que precede a los cinco exámenes que tiene uno de mis hijos y los siete que tiene el otro, así, en los próximos días. Jugándose en muchos casos el trimestre. Creo que muchos profesores no aprendemos, o no queremos aprender, y seguimos contando por encima de todo un examen, o dos, y pensando que con eso nuestros alumnos aprenden o se motivan o sienten curiosidad por las cosas. No sé. A veces me desanimo mucho.




Esta semana nos la hemos pasado estudiando, así, sin más. Apenas nos hemos movido de casa, horas y horas de estudio y de práctica (porque el conservatorio también gusta de exámenes finales, justo al final, con tribunal, para que no se pongan nerviosos). También he aprovechado a corregir trabajos que tenía por ahí ya hechos pero sin mirar y a preparar las actividades de estas dos últimas semanas, que en ningún caso incluyen un examen final (ni final ni de ningún otro tipo).




Esta semana teníamos también muchas cosas que preparar y hacer. Mi hijo mayor se va con sus profesores de clásicas a Roma a principios de año y teníamos que hacer pagos y llevar justificantes. El pequeño también tenía un montón de historias pendientes para final de curso, así que hemos estado de papeleos y pendientes de mil cosas a la vez, tanto que nos olvidamos de una clase que tenía pendiente para el jueves por la tarde. Es que en esta casa somos muy despistados.

Esta semana también ha tocado poner el árbol y la decoración de Navidad. Cuatro cositas, pero encantados de cambiar el ambiente por uno más festivo.




Esta semana no puedo decir que haya sido tranquila, pero no ha estado mal (y esto lo digo con el espíritu de la que sabe que tiene que buscar cada día el lado bueno de las cosas). Una de las cosas que más me ayuda a levantarme con ánimos cada día es mi calendario kiwi del que ya os hablé la semana pasada. Mi amiga invisible me está regalando cosas chulísimas. Todo acertadísimo. Es lo que tiene conocerse tan bien.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Cerrando etapas

La vida son etapas, eso está claro. (Sí, menudo pensamiento original ¿eh?) Y cuando sientes que cierras una etapa, a veces da mucha pena, otras veces es un alivio, a veces es bueno, otras no tanto, pero siempre, siempre, me produce una mezcla de vértigo y nostalgia.




Ocurrió cuando mi hijo mayor durmió la primera noche de un tirón. Fue con más de tres años y medio. Fue un alivio pensar que iba a volver a dormir después de tanto tiempo, pero también era una pena, porque ya no tenía un bebé en casa, sino un niño.

Pasó también cuando los dos crecieron y, después de intentar varias veces tener un tercer hijo, nos rendimos y regalamos todas las cosas de bebé. Cuando salieron de casa rumbo a Cáritas, algo se me rompió por dentro. Otra etapa cerrada. De las que duelen.

Así ocurre con muchas cosas, no solo con los hijos. No me supuso ninguna pena, después de once años de estudio, deshacerme de todos mis apuntes cuando por fin aprobé las oposiciones. Pero sabía que entraba en otro momento, un momento de mayor madurez, que dejaba atrás mi juventud de estudio. Y eso, también, hay que reconocer que da pena.

Me pasó lo mismo al cumplir los cuarenta. No es que fuera un trauma, ni mucho menos. Me encanta cumplir años y seguir aquí, dando guerra. Pero para mí también fue un punto de inflexión, algo que hizo que me replanteara muchas cosas, que se cerrara una etapa y empezara otra.




Luego llega un día en que ves que tus padres ya son mayores. No diré ancianos, porque yo aún no les veo ancianos, pero sí mayores, y necesitan más de ti que tú de ellos. Eso llena tu mente de recuerdos de otros tiempos, de las vacaciones todos juntos, de mi madre siempre ocupada haciendo miles de cosas a la vez, de un montón de cosas que se agolpan en mi mente cada vez que pienso que me necesitan.




Y en estos días siento que se ha cerrado otra etapa: una que he disfrutado mucho, afortunadamente, y que me ha llenado de miles de cosas, de anécdotas y de historias. Hace unos días murió el último de los hermanos de mi abuela paterna. Tenía 95 años y ahora ya estaba muy malito. Ha sido una mezcla de la pena propia del momento con el alivio de ver que una persona a la que quieres va a dejar de sufrir. Y también ha sido el momento en que me he dado cuenta de que no queda nadie de esa generación para dejar constancia de una época. Afortunadamente, siempre me ha encantado escuchar lo que quisieran contarme, todos mis abuelos y sus hermanos, que han sido muchos. Como os digo, los he disfrutado porque siempre he buscado su compañía. Y mi hijo mayor también. Me alegro de que no hace mucho pasáramos la tarde sentados al sol con mi tío a la puerta de su casa, en una de nuestras visitas al pueblo. Y de que mi chico escuche tanto como yo lo he hecho siempre.




Dicen que uno no muere mientras lo recuerden, así que mis tíos tienen para rato, porque siempre voy a acordarme de ellos, y espero que mis hijos también.